Leyendas de Tecozautla, Hgo.

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"Misa Misteriosa"


Hace mucho tiempo trabajó en la parroquia de Tecozautla un sacristán que acostumbraba a robarse el dinero de las limosnas y a beberse el vino de consagrar.

Una noche que se encontraba ebrio en la sacristía en medio de la penumbra producida por una pobre luz de unos viejos cirios, el hombre balbuceaba una oración tratando de aliviar sus pecados, pronto un silencio espeluznante se apoderó del lugar dejando oír sólo las fantasmales notas que provenían del viejo órgano que se encontraba en lo alto del coro anunciando una misa misteriosa. Una mueca se desvaneció de su rostro cuando miró en lo alto del coro y frente al órgano el banco vacío que ocupaba en todas las misas el corista de la parroquia. Las notas se escurrían por los hoyuelos de aquel viejo órgano en un eco aterrador hasta inundar por completo la parroquia con sus sonidos tétricos.

Con asombro subió hasta el coro donde además emanaba una luz blanca y deslumbrante que proyectaba la sombra de personas que parecía que presenciaban aquella misa. Cuando llegó a lo alto del coro las sombras parecían desvanecerse y el fuerte resplandor de la luz se consumió. Una luz débil que provenía de cirios que sostenían curas encapuchados iluminó la nave central de la parroquia, con sus rostros ocultos acompañaban un cortejo fúnebre. Bajó rápidamente del coro y en medio de lamentos espectrales se acercó al féretro, levantó la capucha del difunto dándose cuenta que el rostro demacrado era el de él, lo que le provocó un pavor que crispó sus cabellos. Tembloroso no sabía lo que sucedía, dio unos pasos atrás dándose cuenta que los curas que conducían el cortejo fúnebre eran esqueletos que dejaban a su paso un olor fétido.

De pronto los cirios se apagaron y el cortejo fúnebre desapareció junto con las notas del órgano. Aterrado intentó buscar la salida pero fue inútil. Soltó un terrible grito mientras arañaba la pared para después caer inconciente al suelo.

Al despertar ya había amanecido y arrepentido de sus actos corrió al altar y le pidió perdón a Dios por todas sus faltas.

Cuentan algunos que han llegado a oír en lo alto de aquel coro las notas tétricas del viejo órgano que acompañan los gritos de desesperación de aquel hombre.

Por: ever ocampo